Aun recuerdo como sí fuera ayer el día en el que descubrí que me gustaban las mujeres. Al principio pensaba que sólo era una, que se trataba de una pura casualidad, de un lío adolescente que quedaría en anécdota. Entonces llego la siguiente y la siguiente y después otra más.
Entonces empece a pensar que sí, que existía la posibilidad de que me gustaran las mujeres más que los hombres. No puedo decir que me resultara difícil asimilarlo por que ni siquiera lo pensé. Estaba tan enamorada y obnubilada que no me daba de sí la mente para alcanzar la dimensión de la situación.
Después empiezas a entender que estas cambiando. Que tus gustos varían y que no puedes esconderte siempre sí lo que quieres es ser feliz.
Te planteas que pensarán, que sentirán todos cuando vean que te sales del patrón establecido, entonces sí sientes miedo. Temes las personas que se quedarán en el camino, los amigos que te darán la espalda y hasta el como lo afrontarán tus padres.
Yo tuve suerte, mis padres se enteraron de todo cuando mi novia me dejo por una morena de dos metros y una talla 36, muy traumático después de la lucha que tienes contigo misma.
Entonces te miras al espejo y te juras que no habrá una siguiente, que las mujeres no son lo tuyo y que tu quieres volver a tu sueño de chalet con piscina, cortijo andaluz, 4 hijos y el vermut de los domingos. Y lo intentas, ya lo creo. Sales y te fijas en chicos que parece que merecen la pena y te los llevas a la cama, entonces te das cuenta de que después del polvo habláis de mujeres y esto no todos lo encajan bien.
Una vez, cuando era muy joven, dije que nunca estaría con una mujer, que sería lo último que haría en la vida y no sabéis cuanto me he arrepentido de esas palabras. Es por eso quizás, que nunca negare que pueda aparecer un hombre que me vuelva loca y me haga cruzarme de acera, eso no se sabe.
Pero sí tengo algo claro, me gustan las mujeres, mucho más de lo que os podáis imaginar. Y ya no tengo miedo, ahora no temo las miradas inoportunas o las preguntas indiscretas. Ya no me da miedo que alguien me pregunte por qué, o cómo es que se acuestan dos mujeres. Ese tipo de violencia que muchos hombres y mujeres ejercen por puro desconocimiento. Ya no tengo miedo de reconocer que me pierden sus sonrisas, el tacto de su piel, la suavizad de sus labios.
Es mucho lo que he perdido en el camino, y es triste, pero negarme esta realidad sería negarme a mi misma. Actuar como los demás lo harían por miedo al rechazo es negarme automáticamente la felicidad, y aunque a veces sienta ganas de volver a ser lo que hoy entendemos por "normal", he de ser valiente y defenderme, respetarme y entenderme.
No voy a ponerme un cartel en la frente, pero no pienso mentir más, ni por omisión ni por vergüenza.
Marta sigue siendo la misma, la de los cafés eternos y los textos de amor, y sí realmente la has llegado a querer bien alguna vez, no te importara con quién se acueste y se levanté pues su felicidad será más importante que lo que su compañerx esconda entre las piernas.
